Dubrovnik es una ciudad piropeada… y con razón. Incluso antes de aterrizar no se puede evitar una expresión de asombro y admiración ante la fotografía de la ciudad amurallada, una ciudad colorada envuelta en una muralla impecable, imponente. Parece mentira que esta ciudad haya sufrido duros bombardeos que prácticamente la redujeron a cenizas hace apenas dos décadas. Tanto es así que ha sido necesario colocar un cartel a la entrada de la ciudad donde se indican los lugares exactos que sufrieron daños durante la guerra.
Dubrovnik es un destino muy recomendable. Además de las visitas obligadas al casco antiguo, sus murallas y la isla de Lokrum, vale la pena perderse por la ciudad de los croatas (no la de los turistas), porque Dubrovnik es una ciudad asombrosa: vale la pena adentrarse por sus estrechas y empinadas calles de dos metros de ancho, formadas por interminables escaleras; vale la pena entrar en las diminutas tiendas de ultramarinos y embriagarse con la simpatía y el cariño de los croatas; vale la pena alquilar un kayak y remar de isla en isla entre barcos piratas y lujosos cruceros; vale la pena bañarse y bucear las nítidas aguas del mar Adriático, donde el fondo del mar aparece infinito; vale la pena recorrer la isla de Šipan en bicicleta hasta su rincón más alejado para descubrir el paraíso en forma de playa desierta, tal y como aparece en tus sueños; y vale la pena degustar las jugosas mariscadas que ofrecen los restaurantes raguseos.
Hvala, Dubrovnik.




