Primeras impresiones: Dubrovnik

Dubrovnik es una ciudad piropeada… y con razón. Incluso antes de aterrizar no se puede evitar una expresión de asombro y admiración ante la fotografía de la ciudad amurallada, una ciudad colorada envuelta en una muralla impecable, imponente. Parece mentira que esta ciudad haya sufrido duros bombardeos que prácticamente la redujeron a cenizas hace apenas dos décadas. Tanto es así que ha sido necesario colocar un cartel a la entrada de la ciudad donde se indican los lugares exactos que sufrieron daños durante la guerra.

Dubrovnik es un destino muy recomendable. Además de las visitas obligadas al casco antiguo, sus murallas y la isla de Lokrum, vale la pena perderse por la ciudad de los croatas (no la de los turistas), porque Dubrovnik es una ciudad asombrosa: vale la pena adentrarse por sus estrechas y empinadas calles de dos metros de ancho, formadas por interminables escaleras; vale la pena entrar en las diminutas tiendas de ultramarinos y embriagarse con la simpatía y el cariño de los croatas; vale la pena alquilar un kayak y remar de isla en isla entre barcos piratas y lujosos cruceros; vale la pena bañarse y bucear las nítidas aguas del mar Adriático, donde el fondo del mar aparece infinito; vale la pena recorrer la isla de Šipan en bicicleta hasta su rincón más alejado para descubrir el paraíso en forma de playa desierta, tal y como aparece en tus sueños; y vale la pena degustar las jugosas mariscadas que ofrecen los restaurantes raguseos.
Hvala, Dubrovnik.


El sentido de la vida

El sentido de la vida está donde cada uno lo quiere ver: en el amor, en la religión o en el dinero, por citar algunos ejemplos. Cada persona tiene el derecho de elegir el que más le conviene en un determinado momento de su vida. Puede estar escondido incluso en pequeños detalles de la vida cotidiana o en la sonrisa de un hijo, sin ir más lejos. Para los hombres de la foto, el sentido de la vida parece residir en las bolas de petanca.

Resulta curioso observar como los jugadores de petanca se concentran en torno a las bolas, estudiando en grupo y con suma atención su disposición, interpretando todas las combinaciones y variaciones posibles ante un nuevo lanzamiento. A cada avance, una nueva interpretación, y así sucesivamente.

Soy consciente de que no es un fenómeno único. Otros juegos como el ajedrez o el dominó requieren de una alta capacidad de concentración y anticipación para salir victorioso del envite. La diferencia reside en la actuación grupal, como si las mentes de las tripletas estuvieran intercomunicadas, sintetizadas en un pensamiento común. Es una reflexión multitudinaria y única a la vez.

Paralelamente al desarollo de esta entrada, el equipo nacional femenino de petanca se ha proclamado campeón del mundo. ¡Felicidades!

Cábalas matemáticas

En determinadas circunstancias, las salidas sabatinas al supermercado pueden llevarnos gran parte de la mañana. Pongamos por caso que la distancia que separa nuestro hogar del supermercado es de 600m. Si todo fuera bien, caminando a un ritmo normal (4km/h = 1.11m/s), tardaríamos 540s en llegar a nuestro destino. Para llegar a este resultado, se ha aplicado la ecuación básica espacio-tiempo:

distancia = velocidad*tiempo

Despejando la variable tiempo,

tiempo = distancia/velocidad

Sin embargo, en un pueblo de 10000 habitantes y 3 supermercados, existe una gran probabilidad de encontrarse con un/a conocido/a que vuelve de hacer la compra cada 50m (cálculo empírico). Traducido en número de encuentros, nos esperan 12 paradas en nuestro camino al supermercado, 24 si consideramos el camino de regreso a casa. Asumiendo que nos detengamos a charlar con cada persona una media de 2 minutos (= 120s) y que la propia compra nos llevó 30 minutos (= 1800s), el tiempo total empleado en el proceso “hacer la compra” se incrementa considerablemente:

tiempo = 2* 540+ 1800 + 24*120 = 5760s = 96min = 1h 36min

Nota: Esta entrada está basada en hechos reales. No requiere reflexión después de su lectura.

El misterio de las ondas hertzianas

Aquellas tres voces sin rostro que oía a escondidas en aquel rincón de la casa eran sus mejores amigos. Le hablaban de libros, de cine, de música y se presentaban a cualquier hora del día. Tanto le gustaba estar con ellos que quedaba mirando al frente, tratando de visualizar en su mente aquellas historias que le contaban; tan concentrado en aquellas misteriosas voces que encandilaban a cualquiera. Siempre que podía, dejaba sus quehaceres y acudía en secreto a aquel rincón mágico donde las voces se oían con mayor claridad.
Un buen día, al pasar por delante del televisor, reconoció una de aquellas voces con las que soñaba despierto. Volvió la vista hacía la pantalla. De repente, la voz desapareció y ante sus ojos apareció una marioneta hablando de marcianos y farándulas. Nunca volvió a oír aquella voz. Era como si hubiese quedado atrapada en la caja tonta. Afortunadamente, nuevas voces aparecieron como si nada hubiera pasado, manteniendo viva la llama del misterio.

Primeras impresiones: Londres

De Stansted a London City, el paisaje podría pertenecer a cualquier país centroeuropeo: verdes praderas y bosques, granjas y, conforme nos aproximamos a la gran ciudad, zonas residenciales de adosados. Lo primero que llama la atención es el sentido de la circulación. Uno, dos, tres,… ciento cincuenta y seis y paras de contar: ¿es posible que ninguno tenga el volante a la izquierda?

 Una vez superado el embotellamiento de entrada a la ciudad, ahí es cuando empiezan a cambiar las cosas: calles comerciales que se pierden en el infinito con negocios de lo más variopinto: chinos, ingleses, hindúes, árabes, americanos y un Havana Club. Destacan en todos ellos carteles hiperdimensionados que los identifican. Y a cada paso… más y más gente.

De repente, las calles se estrechan y el coach se detiene. Es nuestra parada: Liverpool St. Observas que todo el mundo va trajeado y te sientes más turista que nunca. Bienvenido al centro financiero de la ciudad. Enseguida te das cuentas que los tiempos han cambiado: los yuppies han sustituido el té de las cinco por la cerveza de las seis. Las calles adyacentes están repletas de bares con banqueros y economistas colmando sus terrazas, cerveza en mano.

Ha sido un día largo y decides buscar tu hotel: ¿Andando o en el famoso Tube? Andando no estaría mal, el hotel está relativamente cerca (a dos paradas de metro) y así aprovecharías para ver esta parte de la ciudad. Como no llevas ni ves ningún mapa decides ir en metro, que en realidad es lo que tenías pensado. ¿Qué cuesta un viaje? 4 libras (¡sí! C-U-A-T-R-O), o sea 6 euros (¡1000 pesetas!). Piensas que quizás deberías haber ido andando…Buscas entre todas las ofertas y acabas decidiéndote por la más favorable: la Oyster Card.

Si bien es cierto que los alojamientos ingles no son famosos por su limpieza, esta fama no es del todo merecida si sabes buscar. La residencia estudiantil, a pocas manzanas del British Museum (recomendable 100%), cumple mis expectativas: aspecto sobrio, suelo enmoquetado y una escasez de aire fresco. ¿Lo mejor? El jardín interior con terraza. ¡Qué gozada! Dos grandes árboles presiden la terraza, situada sobre una tarima con grandes mesas redondas donde los estudiantes pueden cenar al fresco vespertino londinense y desayunar bajo el codiciado sol matutino. ¡Qué paz se respira, aislado del tráfico! Son las nueve de la noche, tenemos unos 18°C y sopla una agradable brisa. La guinda la pone un suave olor a incienso o similar. No sé de dónde proviene pero en ningún caso resulta extraño o artificial, sino que encaja a la perfección con la escena.  

Así puede transcurrir tu primer día en Londres.

 

Oda al transporte público

Para muchos ciudadanos españoles resulta difícil asimilar que hay vida más allá del coche. “Sí, la hay” he tenido que repetir en más de una ocasión ante preguntas del estilo “pero, ¿cómo podéis vivir sin coche?”. Y es que la gran mayoría de ciudades y pueblos españoles desconocen la cultura del transporte público. Como muestra, un botón: hace unos años, Elche lideraba el ranking de ciudades con más vehículos por cada 1000 habitantes (¡incluso doblando la media europea!), si bien es cierto que los usuarios no disponen de medios alternativos suficientes para poder prescindir del coche. Solo las grandes ciudades (y no todas) disponen de una oferta tan extensa de medios de transporte públicos (metro, tranvía, buses, trenes, bicicletas, etc.), que tener un coche se convierte prácticamente en un capricho más que en una necesidad. Si me dieran a elegir, prefiero el transporte público porque no hay nada como viajar descansado, sin tener que estar pendiente de la carretera. Lamentablemente, no siempre es posible escoger.

BCN: Mi nueva ciudad (1)

Poco a poco voy descubriendo las peculiaridades y acontecimientos que Barcelona, mi nueva ciudad, me va ofreciendo. Si hay algo que diariamente me llama la atención es el metro. Y no me refiero a la extensa red ferroviaria (ya la quisieran para sí otras provincias), sino al papel que juega en la rutina diaria de millones de personas.

 

Muchas mañanas tomo el metro para ir al trabajo, sobre todo si llueve (en caso contrario prefiero el bicing). A eso de las 9 bajo al “sótano” de la ciudad, subo a la línea 5 y me dejo llevar en dirección a Sants. Pero es ese mismo “dejarse llevar” el que te permite observar qué pasa a tu alrededor. A esa hora, y a pesar de estar abarrotado (me viene a la mente la expresión “como sardinas enlatadas”), el metro es un mar en calma. Es un silencio total alterado únicamente por dos madres que regresan de dejar a los niños en la escuela o por algún reproductor de música pasado de decibelios, seguramente mermando la salud de dos jóvenes tímpanos. Es realmente llamativo. Este ambiente contrasta con el que te encuentras en ese mismo metro a las 7 de la tarde: un murmullo constante donde el resumen de la jornada laboral es el tema preferido.

Ya ves, el metro puede hasta valerte como clase intensiva de vida barcelonesa. Y es que aprender a escuchar es un ejercicio sano.